EL NIÑO Y LA DONCELLA

Q:.H:. C. A. Vallejo Murgueítio
   
 

Decid niño amado, ¿por qué está marchita

tu faz que elegante debieras lucir?

¿por qué palidece tu tez rosadita

que en tiempos pasados mostrabas a mí?
 
 

¿Por qué en tus vestidos se nota indigencia?

¿por qué de tus ojos rehuye el fulgor?

¿por qué tus miradas reclaman clemencia?

¿por qué en ti se nota una falta de amor?
 
 

¿Por qué de tu pena, con tantas quejumbres?

¿por qué de tu llanto, con tanto dolor?

¿por qué tú rehuyes de las muchedumbres?

¿por qué en todo encuentras tenaz sinsabor?
 
 

Contad, qué dolencia mortal te atormenta;

decid, ¿qué amortigua tu ser tan vivaz?

¿por qué si es fatal tu pesar no me cuentas?

¿por qué tú hoy me ocultas tu pena tenaz?

¿Por qué la sonrisa de ti se ha fugado?

¿por qué la alegría ya no llega hasta ti?

decid, qué pesar a tu ser ha turbado;

contad, ¿qué amargura te hace sufrir?
 
 

¿Un pan se te antoja querube adorado?

¿un pan me recibes, si yo te lo doy?

Recíbelo y come, no estés abrumado

que yo por tu pena angustiándome estoy.
 
 

¿Te faltan vestidos que no sean harapos?

¿te faltan un calzado que cubra tus pies?

tomadlo y te cambias, que ya hecho guiñapos,

no quieren mis ojos mirarte otra vez.
 
 

¿Deseas en tus manos llevar un juguete?

¿deseas en tu cuello corbata lucir?

¿ansías ostentar cual gallardo grumete,

un kepis bordado en brilloso zafir?
 
 

¿Deseas con patines pasear los andenes?

¿deseas en un coche pequeño montar?

¿deseas que te enseñe a tocar mil canciones?

¿deseas y no sabes, te enseñe a orar?
 
 

Decid, qué te falta niñito querido;

decídmelo pronto que quiero saber.

Decid, que yo puedo hacer que el olvido,

destierre las penas que abruman tu ser.

NARRADOR:

Y con mil preguntas la noble doncella

acosa aquel niño con gran ansiedad,

y entre mil sollozos y tristes querellas

el niño a la dama respuesta le da:
 
 

Mi rostro marchito que usted ha notado

y que antes lozano lo pude lucir,

la pena más dura lo tiene acabado

que ya no resisto este duro sufrir.
 
 

Es cierto: mi ropa, denota indigencia;

es cierto: en mis ojos se apagó el fulgor;

y es porque la muerte no tiene conciencia

y a mi madrecita la muerte llevó.
 
 

Si dentro quejidos escucha mi lloro,

si en hondos quebrantos se observa mi ser,

es porque Jesús a quien rezo y le imploro

no vuelve a mi madre a quien yo quiero ver.
 
 

Mas esta dolencia moral que aletarga

y duro consume mi aspecto vivaz,

es hija del hondo dolor que me embarga

porque mamacita no vuelve jamás.
 
 

Es cierto que huyen de mí las sonrisas;

es cierto que mi alma alegra no está.

Es porque me faltan las dulces caricias,

que suaves y tiernas me daba mamá.
 
 

Un pan tú me ofreces señora querida,

un pan te recibo, mas no por comer...

pues esta tormenta por mi madre ida

la llevo en mi alma, la llevo en mi ser.
 
 

Me ofreces vestidos que cubran mi cuerpo

y sanos calzados que cubran mis pies.

Mas ese cariño que por siempre ha muerto,

¿quién vuelve a mi alma a ofrecerlo otra vez?
 
 

Presientes que falta un juguete en mis manos.

Presientes que ansío adornos lucir.

En tanto yo ansío que en tiempo temprano,

muy sobre su tumba por siempre dormir.


 
 
 

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